Written by 12:15 am OPINIÓN

Tecnología con propósito: prevención ciudadana en Colombia

Colombia atraviesa una transformación digital acelerada. En menos de una década, el teléfono celular pasó de ser un dispositivo de comunicación básica a convertirse en nuestra billetera, nuestra oficina, nuestro banco, nuestro canal de trámites y, en muchos casos, nuestra principal fuente de información.

Pero mientras el ciudadano se digitalizó, el delito también lo hizo.

Por: Diego Armando Pérez Mayorga |Hoy la inseguridad no se manifiesta únicamente en la calle. Se manifiesta en una llamada entrante. En un mensaje de texto que simula ser una entidad financiera. En un enlace que suplanta la página oficial de un banco. En un perfil falso que ofrece empleos inexistentes. En una supuesta encomienda retenida. En una amenaza construida con información personal obtenida de manera ilegal.

Y lo más preocupante: muchos de estos delitos no se ejecutan desde complejas redes internacionales, sino desde estructuras locales, incluso desde centros penitenciarios del país, donde organizaciones criminales han perfeccionado esquemas de estafa telefónica que afectan a miles de colombianos cada mes.

Durante años hemos hablado de las estafas que operan desde las cárceles: la falsa sobrina en el extranjero, el supuesto familiar accidentado, el falso premio de lotería, la intimidación por deudas inexistentes. Sin embargo, la modalidad ha evolucionado.

Hoy el delincuente no solo improvisa una historia. Ahora investiga. Consulta redes sociales. Obtiene datos públicos. Conoce nombres, direcciones, relaciones familiares. La estafa dejó de ser rudimentaria. Se volvió estratégica.

Paralelamente, el ecosistema digital abrió nuevas puertas al fraude. Páginas web clonadas que replican con precisión los portales de entidades bancarias. Plataformas falsas de inversión que prometen rendimientos irreales. Anuncios patrocinados en redes sociales que dirigen a enlaces fraudulentos. Aplicaciones maliciosas que capturan información sensible.

El delito entendió algo que a veces las instituciones tardan en asumir: la confianza es el activo más vulnerable del ciudadano digital.

Colombia no enfrenta solamente un problema de criminalidad tradicional. Enfrenta un problema de ingeniería social, manipulación psicológica y aprovechamiento de vacíos informativos.

Frente a este panorama, la reacción institucional suele centrarse en capturas, operativos y comunicados posteriores. Son necesarios, sin duda. Pero resultan insuficientes cuando el delito ya ha logrado su objetivo económico.

Aquí surge una pregunta fundamental:
¿Estamos invirtiendo lo suficiente en prevención digital ciudadana?

La prevención no puede limitarse a campañas ocasionales en redes sociales. Necesita herramientas concretas. Necesita cultura digital. Necesita participación colectiva.

El mayor error que cometemos como sociedad es asumir que la estafa es un problema individual. Cuando alguien es engañado, lo atribuimos a la ingenuidad, al descuido o a la mala suerte. Pero en realidad, cada estafa exitosa fortalece la estructura criminal y financia nuevas modalidades.

Si una persona recibe una llamada fraudulenta y simplemente bloquea el número, el problema no desaparece. Ese mismo número intentará engañar a otro ciudadano en cuestión de minutos. Así se perpetúa el ciclo.

Por eso el enfoque debe cambiar: de la reacción individual a la prevención colectiva.

La tecnología, paradójicamente, ofrece la solución al problema que ella misma facilitó. Hoy es posible construir redes comunitarias digitales donde la información circule con rapidez y responsabilidad. Donde un número sospechoso reportado por una persona genere alerta en otros usuarios. Donde el ciudadano no solo sea víctima potencial, sino actor preventivo.

No se trata de sustituir a las autoridades. Se trata de fortalecer el ecosistema de prevención. Cuando un ciudadano puede identificar una llamada sospechosa antes de contestar, cuando puede verificar si un número ha sido reportado por otros, cuando tiene mecanismos sencillos para remitir información a canales institucionales como correos oficiales o líneas de WhatsApp habilitadas para denuncias, se reduce el margen de acción del delincuente.

La prevención digital no es paranoia. Es inteligencia colectiva.

Colombia necesita entender que la seguridad moderna no es únicamente territorial; es también tecnológica. Las fronteras del delito ya no son físicas. Son digitales. Y el ciudadano promedio no cuenta con herramientas suficientes para navegar ese entorno con protección adecuada.

Aquí es donde la innovación con propósito adquiere sentido.

En los últimos años han surgido iniciativas tecnológicas desarrolladas desde el país, pensadas para enfrentar estas nuevas modalidades de fraude. Entre ellas se encuentra Línea Segura, una herramienta creada con enfoque nacional que busca integrar identificación de llamadas sospechosas, construcción de red comunitaria y promoción del reporte responsable ante autoridades competentes.

Su lógica es simple pero poderosa: si un número intenta estafar a una persona, esa información puede convertirse en advertencia para miles. Si la ciudadanía comparte alertas verificadas, se reduce la probabilidad de que el mismo engaño prospere repetidamente.

Además, facilitar canales de reporte estructurado contribuye a que la información llegue a instancias institucionales con mayor organización. La denuncia aislada es valiosa; la denuncia sistematizada es estratégica.

Más allá de su componente tecnológico, lo relevante es el mensaje cultural: la seguridad no es un acto pasivo. Es una construcción colectiva.

Durante años hemos delegado toda la responsabilidad en el Estado. Y si bien las instituciones tienen un papel fundamental, el entorno digital exige corresponsabilidad. La prevención no reemplaza la autoridad; la complementa.

Imaginemos el impacto si miles de ciudadanos compartieran alertas verificadas en tiempo real. Si la información circulara con responsabilidad y no como rumor. Si la tecnología se usara no solo para entretenimiento, sino para protección.

Eso implica también un reto ético. Las redes comunitarias deben evitar la estigmatización, el señalamiento irresponsable o la difusión de información falsa. La prevención efectiva requiere rigor, verificación y uso adecuado de los datos.

La educación digital es parte esencial del proceso. No basta con tener herramientas; es necesario formar ciudadanos críticos que comprendan cómo operan las modalidades de fraude, cómo identificar señales de alerta y cómo actuar sin caer en el pánico.

Las estafas desde centros penitenciarios, las páginas web clonadas, la suplantación de entidades oficiales y la manipulación psicológica no desaparecerán de un día para otro. Pero su efectividad puede reducirse si el ciudadano cuenta con información oportuna y respaldo comunitario.

La seguridad del futuro no dependerá únicamente del número de capturas. Dependerá de la capacidad de anticipación.

Colombia tiene talento tecnológico, creatividad regional y capacidad organizativa. La pregunta es si estamos dispuestos a orientar esa capacidad hacia la protección colectiva.

La transformación digital debe ir acompañada de transformación cultural. No podemos ser usuarios avanzados y ciudadanos vulnerables al mismo tiempo.

Quienes deseen conocer iniciativas tecnológicas enfocadas en prevención ciudadana pueden consultar herramientas como Línea Segura, disponible a nivel nacional a través de plataformas oficiales de descarga:
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.lineasegura.app

No como solución mágica. No como sustituto institucional. Sino como parte de una estrategia más amplia donde la tecnología tiene propósito y la ciudadanía tiene protagonismo.

Colombia enfrenta desafíos complejos en materia de seguridad. Pero también posee oportunidades inéditas de organización digital.

La decisión es nuestra: seguir reaccionando después del daño o comenzar a prevenir antes de que ocurra.

La tecnología, cuando se orienta al bien común, deja de ser un accesorio y se convierte en herramienta de protección.

Y la prevención, cuando es colectiva, se convierte en poder ciudadano.

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Vicepresidente junta directiva nacional Asociación Sindical de la Industria del Petróleo y Gas (Asopetrogas)

Esta columna encierra el pensamiento del autor, en ningún caso es la posición de Río Grande.

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